De niño festejar navidad era lo más sencillo del mundo.
No había que hacer limpieza exhaustiva, la casa siempre estaba limpia (mi abuela se encargaba de eso).
No había que pasar horas enteras en el mercado, los ingredientes necesarios para preparar la cena se compraban una semana antes (a excepción de algunas cosas).
De hecho el menú siempre era el mismo; revoltijo (aka: “romeritos”), pescado en caldo (suena a albur, lo sé), ensalada de nochebuena (hecha a base de betabel) y ponche de frutas.
No había que adornar demasiado (solo colocábamos el árbol y debajo de el un nacimiento típico)
La ropa que se utilizaba para la cena, era la de las ocasiones especiales (mi uniforme era una camisa blanca y un pantalón negro, con una chamarra “onda Chiconcuac”).
Los festejos empezaban asistiendo a misa de gallo (a las once de la noche), soportar una misa que se hacia larguisima y en medio de un calor insoportable (ya que la iglesia se llenaba).
Al finalizar la misa emprendíamos el regreso a casa (me falto decir que ese día ayunabamos) para cenar.
Pero antes de cenar se arrullaba al “niño” (una figura de yeso que representa a Jesús y que previamente había “escuchado” misa).
La cena era bastante agradable e incluso algo extraordinario y no por el hecho de la fecha, sino a que en esos días cenar era una actividad no acostumbraba.
Cenábamos acompañados de “Los Tigres del Norte”, “La Matancera” y por una deferencia a mi persona de “Cepillin”.
Al finalizar la cena le hablabamos a los parientes y después algunos vecinos pasaban a la casa a dar el llamado “abrazo navideño” y también a tomar algún chincholito de cortesía. Mientras los adultos platicaban o bailaban, los chicos salíamos a tronar “cuetes”.
Como verán era algo sencillo, no había regalos (esos se guardaban para día de Reyes), no existían cenas suntuosas, no existían falsas reconciliaciones (aquí haré un paréntesis muy largo: debo agradecer a mi abuela el que me haya transmitido esa parte tan recia de carácter, ya que cuando se peleaba con algún familiar literalmente lo mandaba a la chingada con todo y ley del hielo incluida, casi todos los familiares que se pelearon con ella por la razón que sea tuvieron historias de varios años de separación – el menos tiene 10 años – ) y en general la sencillez y cierta austeridad que mi abuela marcaba para el festejo me agradaban.
Después con los años y el decaimiento de la salud de mi abuela, el festejo se fue transformando.
Mi madre y mi Tía transformaron la forma de celebrar y con ello llegaron cambios positivos y negativos, dentro de los positivos se incluyeron los regalos y entre los negativos esa hipocresia muy característica de estas épocas.
Hace algunos años pensé que las cosas cambiarían pero me equivoque. 2 años atras mi cuerpo me cobro factura por un año horrible y me la pase muy mal, enfermo y en una depresión profunda. El pasado si bien no fue el mejor se pudo recuperar esa parte austera y llena de cordialidad.
Con todo esto no intento vanagloriar épocas pasadas y demeritar las costumbres nuevas que se arraigaron en unos cuantos años, pero de verdad prefiero esas épocas de festejos de austeridad. Este año pinta para que sea así.
Sin importar como sean sus festejos, de coraza les agradezco que pasen por aquí y lean este blogcito y así mismo deseo que en estas fiestas de fin de año se la pasen muy bien.
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